Viernes, segundo día de la misión a Tanguieta

Sin mayores contratiempos dormiremos un sueño reparador en unas habitaciones aceptables, eso sí, se notan los favoritismos con la cúpula directiva: en la habitación de Gedy y Luis funcionaban sensiblemente mejor las duchas y el aire acondicionado que en las otras. Miriam y Eva, en cambio, experimentaron el efecto que produce un gotero instalado en una ducha.

Por otra parte Manu y Huberto disfrutaron de una de las sensaciones mas gratificantes que existen: despertarse y darse cuenta de que todavía tenían una hora más de sueño: el cambio horario hace estragos con los despertadores…

El sábado a las 7 de la mañana, con un pequeño retraso de la hora fijada para salir debido a la seguridad de los embalajes, emprendemos de nuevo el último trayecto del viaje que nos llevará hasta un punto perdido en el mapa de Benin. Los que ya han estado otros años se sorprenden de todo lo que ha avanzado en tan poco tiempo, especialmente en las zonas cercanas a Cotonou.

Así como las antiguas poblaciones se disponían alrededor de los ríos y caminos para aprovecharlos como medio de comunicación y de riqueza por el tránsito que generaban, de forma parecida nos encontramos la interminable ruta RNIE2, salpicada de pueblos que sin ese movimiento de vehículos no tendrían sustento. A medida que avanzamos kilómetros el reloj del progreso parece retroceder: los vendedores a pie de carretera van sustituyendo las bebidas envasadas por productos de la tierra, la gasolina por carbón y los repuestos por madera. También las viviendas sufren esta transformación temporal: los ladrillos dejan su lugar por el adobe y los techos de chapa por los de paja. Lo que sí parece que se resiste a cambiar en el tiempo y en el espacio que nos separa de Tanguieta son las famosas motos “de a tres” y las peluquerías africanas.

Paramos a comer en Save: un pueblo donde Roger, el conductor, nos comentó que hay una azucarera, y donde descubrimos las peculiares lagartijas que Gedy ya habia predicho que nos encontraríamos. Miriam hace gala de sus dotes de reparto para multiplicar los recuerdos gastronómicos de España en forma de bocadillos, que engullimos agradecidos. Sin tardar emprendemos de nuevo la marcha y casi todos aprovechamos para cerrar un poco los ojos.

Estar un día completo en un cajón móvil de poco más de 6 metros cuadrados resulta agotador, afortunadamente 9 personas tienen mucho que contar y conocer sobre cada uno, especialmente si la que pregunta es Miriam… El viaje se hace mucho más ameno y en varios momentos nos olvidamos del calor y el cansancio al sumergirnos en las aventuras de Mati y Candy. Gracias a la forma de narrarlas lo mismo nos encontrábamos ante un paisaje de ensueño en un paraíso lejano que en una pesadilla en la que Mati se casaba.

Al pasar por Djougou hacemos una breve parada para saludar al Padre Marcos, el tío de Eva, y a la matrona que le acompañó para conocernos, un pequeño receso que nos carga de energía literalmente hablando, porque nos invitó a un aperitivo típico de cordero que, ya entrada la tarde, nos supo a gloria. Eva también puede hablar con su familia y también supone una bocanada de aire fresco para continuar el viaje.

A las 8 de la tarde y ya de noche, nuestro pequeño navío rodante entra por las puertas del Hospital de la Orden de San Juan de Dios. Tanguieta se viste de fiesta… aunque no por nuestra llegada: celebran el día de la mujer y nosotros el cumpleaños de Gabi en la distancia. Aunque no estés aquí en persona, tú has puesto mucho en todo ésto: feliz cumpleaños y gracias, amigo.

Sin poder disfrutar de los festejos, agradecimos a Roger lo bien que nos habia traído hasta aquí y nos despedimos de él. Nos recibieron Emilie, Michelle y Fray Florence con unos saludos que transmitían una emoción palpable. Después saboreamos apresuradamente un delicioso plato, ya con ganas de descansar porque el Domingo empezamos el día con la Misa a las 7 y media de la mañana, continuaremos con la gestión de los materiales que traemos y algunos tendrán que recibir a los apadrinados.

Por las reglas internas del hospital todavía nos quedaba lavar los platos de la cena. Por suerte, nuestra eficiente encargada de recursos humanos supo resolver rápidamente esta cuestión: cuando ella misma, estropajo en mano nos iba a librar de hacerlo, descubrió en una chica llamada Denisse el instrumento perfecto para llevar a cabo esa acción, con mucho gusto por su parte y alivio por la nuestra.

Después de un breve repaso nos fuimos a dormir en unas habitaciones que, para todo lo que hemos visto hasta ahora, son de auténtico lujo: un merecido premio para nuestros sentidos, preludio de lo que encontraremos en este oasis de humanidad.