Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extraño, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me cuidasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te alimentamos? ¿o sediento, y te dimos de beber? ¿y cuándo te vimos extraño y te recogimos? ¿o desnudo, y te cubrimos? ¿o cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y fuimos a ti? Y respondiendo el Rey les dirá: En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis pequeños hermanos, a mí me lo hicisteis.” (Mateo 25, 35-40)

Con esta lectura Fray Patrice hizo una hermosa metáfora en la homilía del día de San José obrero, comparándola con la ayuda de los misioneros. Desde el principio de la misa le ofreció a Basile con un bonito gesto sentarse en el primer banco, pues era él el objeto del reconocimiento de hoy. Al finalizar, con muchas ganas de aplaudir al coro que una vez más lo bordó, saludos y amables bromas nos terminaron de despertar.

marche central tanguieta

En el desayuno disfrutamos del rico café de las monjitas bañando el pan diario con aceite español y mermelada casera de ésta tierra. Mientras tanto Gedy se volvía loca con los números de las ayudas que trajimos: “pon cualquier cosa y no te agobies”, dijo alguien para librarla de las cuentas.

Si el Domingo desoímos las Leyes de Dios para comenzar a trabajar a destajo, hoy no iba a ser menos e hicimos oídos sordos también a las leyes de los hombres, para ponernos en marcha de nuevo: tenemos pocos días para tanto que remediar y no nos podemos permitir lujos festivos.

Ven que te miro el ojo… pincha aquí… abre la boca grande… aprieta allá… ahora mírame tú… no me muerdas el dedo…  corta eso que sobra… así se nos pasa la mañana, y entre paciente y paciente Mati y Candy se escaparon al mercado en busca de telas para los delantales; Miriam y Eva después; y Huberto cuando terminó su jornada también buscó su lugar en el Marché Central de Tanguieta: toda una explosión de colores, caras, sonidos, olores y gente pululando

con movimientos brownianos sin rumbo fijo en un medio heterogéneo de elementos y alimentos. De vez en cuando sentías un niño que te estaba tocando la mano y notabas que se quedaba pensando sobre si los blanquitos seremos así normalmente o es que alguien nos ha pintado como a los Simpson’s.

Miriam y Eva llegaron en moto-taxi y, de ésta forma, comprobaron en vivo lo que son las motos “de a tres”. Por lo visto es como tirarse en paracaídas: una vez que lo pruebas tampoco da tanto miedo…

Luis, ya por la tarde, pudo poner en marcha el afortunado descubrimiento de Manu con la linterna-hendidura porque, como es habitual, se fue la luz un rato bastante largo. De ésta forma casera se pudo continuar la atención sin mayores contratiempos: un punto a tener en cuenta para próximas incursiones.

Por la noche nos invitaron a cenar en una fiesta que era al mismo tiempo celebración del día del trabajador y homenaje para Basile y Berté. En la misma, les entregaron sendos diplomas labrados en madera, una artesana muestra del cariño que se han ganado a pulso en la comunidad.

Comenzaron con los discursos, en los que Basile

agradeció expresamente a Fray Florence de forma muy emotiva su labor y dedicación. Aquel nos dio la mano a los cooperantes y un escalofrio, mezcla de responsabilidad y orgullo, nos invadió agradablemente.

El grupo de oftalmología llegó con algo de retraso por las tareas interminables y ya estaba toda la peña situada, pero Fray Florence -con muy buen criterio- le ofreció a nuestro Luis sentarse en la mesa (la única que había) del homenaje y de dirección, una honra que aceptó humildemente, y que nos hinchó todavía más de satisfacción a los que venimos bajo su tutela.

Antes de meter nada sólido en las fauces nos sorprendieron con un chupito de whisky ¿pero esto no se toma al final? así cualquiera se entona… Aunque la cena de una multitud en sillas, sin ninguna mesa para arrimar el plato era bastante peculiar, también fue muy eficaz, y la sinhueso no tuvo descanso para deglutir delicias y para hablar en varias lenguas.

Nos sirvieron arroz con carne y una pasta

blanca de trigo que daban ganas de repetir. Al terminar nos ofrecieron algo parecido a una sopa caliente con un sabor un tanto “extraño”, que resultó ser la famosa cerveza que hacen aquí, cargada con un poco más de alcohol de lo legalmente permitido. Seguramente lo del sabor lo hacen adrede para que no te pases: muy pocos pudieron terminarse el vaso.

Después de que se abriera tímidamente el baile por una pareja, ni corto ni perezoso Luis salió a bailar con una chica del lugar y, después de los aplausos, dio pie para que los demás nos animáramos a salir a la pista sin complejos. Terminamos bailando el “Súbeme la radio” de Enrique Iglesias, con muchas risas y transpirando como mares, dejando la piel en la improvisada pista de tierra. Ya con los últimos acordes y totalmente empapados en sudor, Eva y Huberto comenzaron una competición particular para comprobar quien aguantaba más a bailes: los españoles, ya veteranos en esto de la jarana, o una pareja de belgas, que a veces nos puede parecer que tienen un palo de escoba atado a la espalda. Nada mas alejado de la realidad: nos ganaron por goleada cuando el enorme belga se puso a brincar haciendo piruetas con los más pequeños. Dicho sea de paso, los que realmente ganaron fueron ellos: los niños, cuando ya habíamos tirado la toalla ellos casi empezaban: no tenían descanso.

Después de un breve repaso del día en el comedor -otro de los buenos momentos de análisis, con chupito de Santa Teresa incluido- a lavar la ropa, ducharse y dormir, que mañana se espera