Miércoles, 10-5-2017

El viaje resulta bastante tranquilo pero se hace largo, los diseñadores de asientos para avión se encargan de que no sean lo suficientemente cómodos como para dormir de un tirón. Entre siesta y siesta podemos hacer uso del servicio multimedia y los recuerdos de los días pasados se alternan con sueños recortados y tramos de películas americanas. Algunos nos entretenemos con The Founder, la historia del fundador de McDonalds, y en la que se corrobora lo distantes que se encuentran el continente del que nos alejamos y el mundo en que vivimos, tanto en lo visible como en los valores y aspiraciones más profundas.

Llegamos a Bruselas a las 6:00 hora local. Cambiamos los relojes y, poco a poco, van desapareciendo de nuestra vista los rostros de color; ahora ya pasamos más desapercibidos y me acuerdo de la jocosa frase que repite Mati: “Los que nos miran no nos ven y los que nos ven no nos miran”.

Después de unas 4 horas de espera para hacer trasbordo tomamos el avión con destino a Bilbao, ya sólo quedan dos pasos para llegar a Santander. A medida que avanza el segundero nos vamos sumergiendo más y más en el progreso y el reloj del tiempo parece que se va adentrando años o siglos en el futuro: todo discurre más rápido, mecanizado e instantáneo. Las ganas de llegar a casa se contradicen con la añoranza al mirar atrás, cuando hacíamos el viaje de ida llenos de incertidumbre pero emocionados con lo que nos esperaba.

Ya en el aeropuerto de Bilbao, y agotados por tanto trajín, nos reciben los padres y la hermana gemela de Eva. Todo el equipaje facturado llega perfectamente a la cinta transportadora y sin problemas, pero al pasar por el control de aduanas la Guardia Civil se dispone a abrir las cajas que traemos; Mati hace gala una vez más de su diplomacia y les convence para que no tengamos que perder más tiempo: lo más valioso que traemos son recuerdos y satisfacciones, todo lo que teníamos se lo hemos dejado a la gente de Benin.

Después de despedirnos de Eva y su familia, los que quedamos nos subimos en el microbús que nos llevará hasta Santander, y una vez allí vamos dispersándonos cada uno en nuestro entorno para terminar la aventura que comenzó dos semanas atrás en el mismo lugar. Nos encontramos con nuestros familiares y conocidos cercanos a los que hemos dejado un tiempo para ayudar a extraños y desconocidos lejanos, el engranaje del trabajo diario obligado se inicia de nuevo después del compromiso de apoyo voluntario. Atrás quedan las dificultades y, como en la vida, dejamos a muchos personas con las que hemos pasado experiencias buenas, malas, cómicas, intensas, tristes, emocionantes… En la intención de ayudar a los demás nos hemos encontrado con una explosión de vivencias que nos han enriquecido, y nos ha permitido compaginar las satisfacciones diarias con la de ayudar a quien más lo necesita. Las imágenes que quedan en nuestras retinas jamás se olvidarán y permanecerán entre nosotros como muestra de éstos días tan especiales. Por delante queda el recuerdo y la promesa de volver.

Para algunos seremos locos excéntricos o un ejemplo a seguir, pero simplemente somos personas sencillas con vida normal, con nuestras virtudes y defectos, que salimos de nuestra zona de bienestar para echar una mano a nuestro vecino como cualquier otro lo haría, cada uno en la medida de sus posibilidades. Esto, sin duda, es una de las cosas que nos hace a todos ser un poco más humanos.

Aquí termina el diario de una de tantas incursiones a nuestro vecino continente para éste fin. Comenzó como un escueto listado de nuestras peripecias desde el punto de vista de un novato como yo para orientar someramente a quien se animara a hacer lo mismo en el futuro; pero la realidad superó las expectativas, y ha terminado siendo una verdadera historia que espero que ayude de igual forma que me ayudaron a mí los valiosos consejos de mis compañeros antes de salir. Para bien o para mal, todo lo que hemos visto y vivido no tardará en cambiar, y no me gustaría que todo ésto se me olvidara, de ésta forma se mantendrá como testigo para los que nos esperan y para los que nos seguirán.

Para todos ellos lo dedico, pero especialmente a los que se quedan aquí, a nuestros familiares y amigos que también han contribuido a que ésto sea posible, supliéndonos en nuestras tareas mientras no podíamos estar, prestándonos su aliento en los momentos que más lo necesitábamos, y aportando cada uno su granito de arena que allí se convierte en oro. A todos los que de corazón también estarían con nosotros pero que, por diversos motivos, a veces no todo lo que deseamos se puede cumplir. A las personas que están detrás de las instituciones, gestionando toda la estructura administrativa, facilitando que éstas labores se hagan realidad: desde el compromiso con una asociación hasta simplemente comprando una pulsera. Admiro a los que me han acompañado y a los que están allí, gente excepcional hechos con una madera especial, que dedican su vida con una entereza, honestidad y Fe que demuestran todos los días.

Cuando me preguntan -o me pregunto- el porqué de ir tan lejos recuerdo las palabras de Fray Florence, director del Hospital de San Juan de Dios, en una entrevista que le hicieron tiempo atrás cuando visitó España: al consultarle sobre la razón de estar en un sitio tan apartado para prestar auxilio, simplemente respondió que ahí es donde más se necesita.