El viaje duró varias horas e Ibraim condujo con mucha pericia por el estropeado firme de la Interestatal 2; llevaba una buena variedad de música beninesa y, como Luis ya nos había comentado, las letras de las canciones tienen una belleza especial, son como una historia contada con ritmo. Candy sufrió una tos persistente gran parte del camino, y aunque le estuvo incomodando largo tiempo no pasó de ser una irritación inoportuna.

El afortunado con preferitismos fue Huberto: le cedieron el asiento delantero que era el más cómodo y de ésta forma tuvo ocasión de tomar multitud de fotos con el único obstáculo de una rotura en el cristal del parabrisas. La ruta se salpicaba de pueblos con mercados, escuelas, cabañas, coches sobrecargados de paquetes y personas, y las útiles motos Kawasaki con caja de carga; así como a la ida un principiante como yo lo veía todo nuevo y sorprendente, en el viaje de vuelta todo parece más normal. Algo que llamó la atención fue cruzarnos con un convoy de unos 20 tanques que iban en dirección a Niger, la militarización en éstos países se hace notar.

Manu había llevado una cámara deportiva que de forma autónoma podía sacar una serie de fotos cada varios segundos y así hacer una secuencia cronológica de un día completo, de esta forma se podían tener recuerdos de una jornada de forma más natural; de forma similar si nos fijábamos en las escenas de cada poblado que atravesábamos, se podía hacer un diario bastante exacto del día a día en Benin, dado que los núcleos rurales eran muy similares y las costumbres horarias también.

Así como al salir a primera hora de la mañana observábamos a los niños ir hacia el colegio, poco tiempo después se veía a las mujeres caminar hacia la aldea más cercana con pozo para asearse, lavar y llenar las enormes vasijas de agua, que luego transportan sobre su cabeza con garbo y elegancia hasta la vivienda, la gran mayoría con un bebé envuelto con una tela en sus riñones. El pozo también representa un lugar de reunión en donde aprovechan para conversar animadamente.

Sobre las 10 de la mañana se advierte en los mercados y puestos de venta ambulante algo más de presencia masculina, aunque en general la población trabajadora es femenina. A las 12 del mediodía los niños salen del colegio, se les ve jugar en el patio y algunos vuelven a su casa a almorzar. Dos horas después se escuchan los rezos musulmanes desde los minaretes y los niños retornan para consumar el horario escolar. A media tarde las fuentes vuelven a bañarse de colorido por los vestidos de las madres que vuelven a reunirse en la fuente, friegan lo utilizado en el almuerzo y consiguen una nueva provisión de agua. A las 6 de la tarde el color de los atuendos vira al marrón: los niños en uniforme salen del colegio para rodear pequeños kioskos: como Mati nos enseñó, “si vemos una tienda de chuches es que hay un colegio cerca”.

Por supuesto, la película de fotogramas del día había que editarla mentalmente: ayer contemplamos el movimiento de la tarde y hoy las escenas que veíamos eran las matutinas.

Llegamos a Cotonou a la hora de comer. A medida que nos acercábamos al centro urbano la carretera se iba convirtiendo en una avenida en que los carriles laterales se habían habilitado para motocicletas. El escenario ya era completamente metropolitano y atrás quedaban las rudimentarias cabañas de paja.

Comimos en un bar-restaurante: “Belle Epoque”, tenía carteles anunciando la emisión de los partidos de la Champion ́s League: como en casi todo el mundo la camisetas blancas y azulgrana son prendas muy recurridas en niños y adultos, si hay algo que España exporte universalmente es el fútbol. Nos sentamos en la terraza techada mientras la concurrencia nos miraba como se mira a los guiris en un pueblo apartado. Pedimos pan y bebida y una vez más nos sorprendió el poder de administración de Gedy y de distribución de Miriam, proporcionando el relleno con los últimos pero suficientes remanentes de embutido ibérico que habían traído de España, todavía salivo al recordar lo bien que sentaron aquellos bocadillos de lomo ibérico y chorizo.

Dos cocineras estaban constantemente golpeando con unas mazas enormes un gran almirez africano de madera para hacer una comida tradicional con leche de cabra y harina. Al ver lo legendario de la estampa nos dispusimos a sacarlas una foto, pero después de pedir permiso una de ellas se negó por dogmas seculares y se marchó muy
indignada para no exponerse: es una advertencia muy habitual el ser respetuoso a la hora de hacer fotos en éstos países, ya que para muchos significa lo mismo que robar el alma y es una verdadera agresión. Inmediatamente otra cocinera salió para reemplazarla y pudimos fotografiarlas, el ritmo de los golpes de madera continuó sonando como si no hubiera pasado nada, como el piano de una taberna del lejano oeste después de un alboroto.

También hay cierto riesgo a la hora de sacar fotos en público ya que los policías son muy recelosos, y cualquier cosa que esté cerca de ellos se convierte en secreto militar y lo menos que te pueden hacer es confiscar la cámara o el móvil.

Después de almorzar aprovechamos para ir al servicio, aunque en general no se va con tanta frecuencia como sería lo normal: con el calor constante se pierde mucho líquido por la piel y las visitas al baño se reducen considerablemente.

Como nos sobraba algo de tiempo hasta la hora de salida del vuelo, fuimos al centro donde nos quedamos el primer día para saludar y despedirnos. Después visitamos la feria de artesanía, así tuvimos una excusa para dejar los Cfas que nos quedaban y hacernos con algún recuerdo para los conocidos. Como en toda gran urbe las características culturales se mezclan y desdibujan, y encontramos más semejanzas con las grandes ciudades: las ropas típicas son menos frecuentes y se adulteran con detalles occidentales como pantalones vaqueros y camisetas con logotipos de marcas conocidas. Es una pena que poco a poco se pierdan los usos tradicionales en pos de una forma uniforme y estandarizada de vivir, aunque sus portadores siguen manteniendo el cuerpo escultural característico que lamentablemente los hizo ser centro de atención de los mercaderes de esclavos años atrás. En el mercado encontramos los últimos toques étnicos que pudimos reconocer antes de partir. Eva compró un bonito collar artesano y Candy una práctica cesta de mimbre para la playa. Huberto se hizo con una muñeca representando la típica nativa con un bebé en la cintura, una kalimba africana y un llavero tallado en madera para sus hijos. Mati encontró una preciosa figurita de una deidad de la zona, Gedy se llevó collares para regalar y Manu algunos abrebotellas con tallados tribales para los amigos. Miriam consiguió una práctica mochila de cuero espectacular y, ya con el tiempo justo, Luis eligió una camiseta con motivos africanos muy peculiar.

En el pequeño recinto del aeropuerto nos hicieron todo tipo de controles de seguridad; para empezar un policía militar verificaba los pasaportes y de paso hacía una breve charla con cada uno para verificar la buena fe de los viajeros, son muy desconfiados y el tráfico de cualquier tipo de sustancia prohibida está severamente castigado. A Mati y a Eva las preguntaron si era su primera visita a Benin y las invitaron para el próximo viaje. A Huberto por el contrario, como su francés no era tan eficaz le terminó señalando el cartel que anunciaba que era un control policial, a lo que él asentía repetidamente. Por las facciones cada vez más duras del policía se dio cuenta que en el cartel también se enumeraban las drogas no permitidas y que lo que le estaba preguntando era si llevaba alguna de ellas: los movimientos afirmativos de la cabeza cambiaron inmediatamente a ser de negación cuando se dió cuenta de su error, el rudo comisario lo terminó dejando pasar sin preguntarle más por compasión.

Luego llegó el control de equipajes por rayos X y también hubo movida: el funcionario de turno comenzó a pronunciar algo parecido a un estornudo: “¡shizers!” que Huberto no acertaba a descifrar su significado en francés, y como no había más respuesta por su parte que una cara de sorpresa-miedo-nerviosismo, el guardia comenzó a gritárselo repetidamente como si fuera un apestado de algo mientras abría bolsas y mochilas. ¡Shizers! ¡shizers!, repetía, pero ahí nadie sabía de qué hablaba el maromo. Si no hubiera sido por lo tensa de la situación hubieran dado ganas de responderle “¡Jesús!” para que dejara de salpicarle saliva. Cuando Huberto estaba a punto de arrodillarse llorando y confesando que lo más explosivo que llevaba eran 2 botellas de vino africano

para su padre, el policía abrió los ojos con satisfacción y sacó un pequeño objeto del neceser de menaje como un trofeo y todo tuvo sentido: no hablaba francés, sino algo que se podría llamar africanglis: “¡SCISSORS!”, terminó diciendo con solemnidad mientras enarbolaba unas prohibidas tijeras cortauñas.

Gedy nos advirtió que lo más probable era que nos hiciesen otro control antes de despegar, y así fue. Ya en el exterior, camino a la escalera del avión y en una mesa improvisada, de nuevo tuvimos un exhaustivo repaso de los equipajes, pero ésta vez no hubo mayores problemas. Manu, tuvo bastante más suerte y no le dijeron nada por la CamelBak que llevaba llena de agua para calmar la sed en las largas horas de viaje.

Despegamos a las 20:00 horas de Benin e hicimos escala en Abidjan, Costa de Marfil, 700 kilómetros después y a 1 hora de Cotonou; tras una breve espera dentro del avión emprendemos de nuevo el vuelo camino a Bruselas, intentando dormir un poco en el angosto espacio del que disponíamos y pasando toda la noche a 10.000 metros de tierra firme.